"Todos somos monos", por José Luis Pérez Triviño

2 May 2014

Publicado en El Periódico, 29/4/2014

 

 

Decía Miguel de Unamuno que el fascismo se cura leyendo y el racismo, viajando. Desgraciadamente, ninguno de los dos medicamentos parece haber curado esas dos grandes lacras sociales que todavía perviven en nuestras sociedades. Alemania era una de las sociedades más cultas en la Europa de principios del siglo XX y allí emergió la forma más extrema de fascismo. Respecto del racismo, los países occidentales han alcanzado un nivel de desarrollo económico y social tal que gran parte de la población ha podido viajar al extranjero, y sin embargo, todavía hoy subsisten muestras de racismo lacerantes.

 

 

El deporte es quizá el ámbito donde con más frecuencia y notoriedad se observan esas muestras. Son muchos los ejemplos que se han dado estos últimos años en los distintos terrenos de juego. Roberto Carlos, Marcelo o Thierry Henry son algunos de los futbolistas que han sufrido esas vejaciones. Estos días han tenido lugar dos hechos que han devuelto el racismo a la primera página de los medios de comunicación: el presidente del club estadounidense de baloncesto Los Angeles Clippers, Donald Sterling, realizó unos comentarios vergonzosos a su novia: «Puedes dormir con negros. Lo poco que te pido es que no los promociones y que no los lleves a mis partidos». Y en el partido del domingo pasado entre el Villarreal y el FC Barcelona, un espectador lanzó un plátano al jugador barcelonista Dani Alves en clara alusión al color de su piel y la pretendida conexión con los simios, que parecen tener en esa fruta uno de los elementos característicos de su dieta.

 

 

Lo más curioso del caso es que, a pesar de que en España se han tomado medidas jurídicas para erradicar el racismo del fútbol, no se han logrado éxitos dignos de tener en cuenta. En concreto, se publicó una ley contra la violencia, el racismo y la xenofobia en el deporte y hasta se constituyó un observatorio que poca actividad ha tenido. Este fracaso quizá tenga como razón que el fútbol ha servido históricamente como una válvula de escape donde los aficionados pueden desfogarse impunemente dirigiendo a jugadores y árbitros insultos racistas u homófobos. De esta manera, el fútbol se ha convertido en una isla inmune donde es tolerable aquello que no lo es en otros ámbitos sociales.

 

 

Pero lo cierto es que esta situación es propia del fútbol en España, no del fútbol en general. En otros países las medidas jurídicas han sido contundentes. Tal es el caso de Inglaterra, donde los aficionados racistas son detenidos y llevados ante un tribunal. O de EEUU, donde hasta el presidente Obama ha condenado las palabras de Sterling (¿se imaginan al presidente Rajoy saliendo en defensa de Alves?)Pero lo distintivo en esos países no es solo la efectiva aplicación de sanciones sino que son los mismos aficionados los que expresan su rechazo al aficionado racista. Es la reacción social lo que más teme aquel. No como aquí, donde hasta se le ríen las gracias. Y es que no hay peor racista que aquel que no es consciente de serlo.

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