"La “maldición” de la selección española" por José Luis Pérez Triviño

“La “maldición de la selección española”, 13/6/2014. Fundación Mapfre

El fútbol, como tantos otros deportes, se mueve entre el azar y la ciencia, o si queremos decirlo de otra manera entre la suerte y el merecimiento absoluto. En la mayoría de las ocasiones, suele haber un cierta correlación entre esos vectores que estructuran el fútbol, de forma que el mejor equipo alcanzar la victoria. Pero no siempre es así. En ocasiones, el equipo que ha jugado mejor pierde y en otras, es al revés. Cuando sucede eso con cierta regularidad surgen los equipos que arrastran el sambenito de equipos perdedores o en su caso de afortunados, según sea el caso. Entre los primeros se encuentran aquellos que arrastran una maldición que les impide obtener los ansiados trofeos y que conduce a que sus aficionados lleven una vida futbolística entre agónica y atormentada. Posiblemente sea el Benfica el arquetipo de equipo maldito dado que revive regularmente la maldición de Bela Guttmann, el entrenador húngaro que fue despedido por el club lisboeta tras ganar dos Copas de Europa y que pronosticó que no volvería a ganar un título europeo en cien años. Desde entonces ha disputado ocho finales de competiciones europeas, y las ha perdido todas.

La selección española parecía formar parte de este grupo de equipos malditos. Son numerosos los recuerdos que nos conducen a circunstancias desdichadas que han impedido al equipo nacional obtener títulos importantes, con excepción de la Eurocopa de 1964. En particular, estos últimos decenios la selección española estaba gafada por una barrera invisible, pero contumaz que hacía que sucumbiera persistentemente en los cuartos de final ya fuera en la Eurocopa o en el Mundial. En ocasiones, fueron los delanteros los que erraron incomprensiblemente oportunidades clarísimas, mientras que en otras, fueron los porteros quienes fallaron estrepitosamente, sin negar tampoco protagonismo a los infortunados disparos al palo, los inmisericordes codazos de los rivales o los errores arbitrales que también contribuyeron a aumentar la magnitud de la desgracia. Los aficionados recordarán fácilmente nombres que jalonan este triste deambular de la selección por mor de sus errores o la mala suerte, aunque posiblemente el gol fallado por Cardeñosa ante Brasil en el Mundial de 1978 sea la oportunidad errada más famosa.

Durante estos últimos años se han ofrecido distintos tipos de explicaciones de porqué la selección española fracasaba reiteradamente. En un caso, se hacía referencia a datos históricos, económicos y sociales que harían improbable algún triunfo español. En otros, se aducía que la creciente dispersión político-territorial del Estado español haría más improbable la consecución de un estilo de juego común. Sin embargo, y curiosamente, en el momento histórico donde la crisis económica golpeaba más duramente a España y cuando la amenaza de una secesión de parte del territorio era más tangible, ha sido cuando la selección ha dado las mayores satisfacciones.

En efecto, la consecución de la Eurocopa en 2008 supuso la superación del maleficio enlazando consecutivamente dos títulos más, el Mundial de 2010 y la Eurocopa de 2012.Pero ¿cuáles han sido las razones del fracaso histórico y de las recientes victorias? Frente a aquellos augurios economicistas o de carácter político, parece más acertado apelar a una respuesta puramente deportiva. En efecto, el éxito parece haber surgido por un cambio de paradigma en el estilo de juego. Aunque sea difícil, y en todo caso simplificador, encontrar un patrón de juego común y persistente durante tantos decenios, había una etiqueta a la que recurrentemente se apelaba para caracterizar el estilo de juego de la selección: la furia. Con ello, se hacía referencia a algún tipo de rasgo peculiarmente hispánico, con independencia de la procedencia territorial de los jugadores, de sus equipos de origen o de su idiosincrasia personal. En realidad, tal apelación parecía más bien un subterfugio o excusa para autoconsolarnos: dado que la selección nunca llegó a jugar bien, ni siquiera a tener un esquema de juego reconocible, siempre podríamos apelar a esa vaga actitud bélica, que por otro lado, se cohonestaba con los ideales de la época en la que surgió, el franquismo.Sin embargo, el cambio de paradigma vino dado por una apuesta arriesgada por parte de Luis Aragonés: dado que nuestros jugadores nunca podrían ser tan altos, fuertes y corpulentos como los de otras selecciones, ¿por qué no tratar de contrarrestar ese juego físico y correoso con la técnica, la combinación y la estrategia, aunque fuera con jugadores “bajitos”? Esos valores, junto con un sólido convencimiento en las virtudes propias, son los que parecen haber obrado el milagro de romper el maleficio de “equipo maldito” que tantas tristezas generó a otras tantas generaciones de españoles.

Pero a fuer de ser sincero, y retomando la reflexión inicial: ¿no habrá también algo de buena suerte en esta nueva etapa de la selección española? Y, a la inversa, ¿no habrá aficionados de otras selecciones que se quejen del mal fario y que lamenten los errores propios, los arbitrales y la mala suerte? ¿No será, por ejemplo, Robben el Cardeñosa holandés?José Luis Pérez TriviñoProf. Titular de Filosofía del Derecho. Universidad Pompeu Fabra (Barcelona, España)Presidente de la Asociación Española de Filosofía del Deporte

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